Vecinos de Buitrago
Se acercan para todos, y quizá de modo especial para los madrileños, por su especial propensión a abandonar su ciudad cuando reúnen varios días de libranza, las fiestas de nuestra comunidad. Son días de holganza, de callejeo, en los que los vecinos de este pueblo reciben a sus numerosos visitantes con el cariño y la amabilidad que estos merecen y aquellos saben dar.
Pero ocurre que, en los tiempos que corren, suele añadirse al contento generalizado, el afán desenfrenado de acudir a los mismos sitios durante las mismas horas, sin pararse a pensar el hecho cierto, que ni las calles estiran, ni los edificios encogen, por cuya razón suelen caer los vecinos presos en las redes que los unos forman apretándose con los otros.
Estos males se agravan porque no suelen, visitantes y moradores, prescindir del coche, señal de valer, pompa y boato, sustento para el orgullo y pavoneo de sus propietarios; de manera que decenas de vehículos se amontonan en el pueblo a las horas de mercado en el centro del casco urbano y sus aledaños, con lo que se hace imposible el transitar, con grave molestia para todos.
Procede también considerar el descuido, si no malicia, con que muchos vecinos dejan coches en el lugar que más les apetece, sin mirar si es rincón, esquina, entrada de garaje u otros con razón prohibidos por el Ayuntamiento, para proveer el mejor transcurrir de los viandantes y la mayor holgura para la conducción y el estacionamiento de los vehículos.
Los comerciantes no venden, pues arrimarse a sus tiendas es quehacer casi sobrehumano. Los que compran sufren y padecen, fatigándose con el enorme ruido, el ambiente espeso y la consecuente irritación. De igual suerte, muchos otros de diferentes gremios no cumplen, por la multitud de coches su cometido, entre ellos los que guardan de nuestra salud, de nuestra integridad y la de nuestros bienes, pues pueden llegar a destiempo con los medios de que disponen.
Este Ayuntamiento dispone las normas según las cuales han de rodar los coches y las prohibiciones y tolerancias en cuanto al paso de los mismos, para mejor orden público y mayor tranquilidad para los viandantes.
Como Alcalde, acudo a los vecinos de Buitrago pidiéndoles ayuda, tanto para que cumplan lo que la buena educación cívica requiere, como para que inciten a que lo hagan quienes no cumplan como deben. Todos debemos contribuir, en nuestro vivir cotidiano, para que Buitrago siga siendo un pueblo apacible y tranquilo.
En Buitrago del Lozoya, a 27 de abril de 2000
El ALCALDE-PRESIDENTE