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Alcornocal de Dehesa Vieja
Recopilación de Alfonso Gonzalez Arias, con procedencia del diario EL MUNDO, del 20.11.1999.

Accesos:partiendo desde Madrid, hay que tomar la carretera de Burgos ( N1) hasta llegar a la salida del kilómetro 60; hay que desviarse entonces por la carretera M-127 en dirección a la localidad de El Berrueco, que está situada a 4,5 kilómetro de distancia, aproximadamente.

Hace tiempo Dehesa Vieja era lugar de cita obligada tras los calores estivales. Era cuando las cuadrillas de alcornoqueros se afanaban con sus hachas en desnudar los arrugados troncos.

Con el tiempo, todo aquello fue olvidándose y, aunque hoy algunos de estos alcornoques aún muestran el torso desnudo, el oficio ha perdido el predicamento de antaño y las brumas que acarrea el abandono del campo no dejan ver la anaranjada desnudez de tan nobles vegetales.

A su encuentro echa a andar el caminante desde el pie del cuidado rollo medieval que preside la vida de El Berrueco. Camino de Torrelaguna deja atrás la última de las casas, para casi allí mismo girar hacia la derecha por una pista que transita entre amplias praderías. Bajo sus fresnos se desperdiga parte de la feraz cabaña ganadera de esta población. Pero no son éstas las dehesas que hoy busca el caminante.

Pista adelante y después de dejar un camino a la izquierda, se cruza una valla americana. En la siguiente encrucijada hay que tomar el ramal de la izquierda, hasta que el camino se planta en medio de un puñado de rústicas construcciones. Son los restos del antiguo pueblo de Valcaminos, hoy aprisco medio arruinado.

Allí mismo la pista se bifurca. Dejando la de la izquierda, se siguen unos metros hasta tomar un pequeño camino que desciende hacia la barranquera de la izquierda donde se acuestan las últimas casas. Pasa junto a su abrevadero y continúa entre vallas hasta que, bien por una senda, bien por unas rodadas situadas más abajo, se gira otra vez a la izquierda, para luego enhebrar con alguna de las abundantes veredas que cruzan un terreno despejado y se dirigen hacia el fondo de una vaguada de la que asoman dorados chopos.

Desciende el camino por un paso abrupto hasta la cabecera de este tajo abierto por el arroyo de San Vicente. En dos pasos, el camino se vuelve más importante y pronto se separa del fondo, permaneciendo a la misma cota por la ladera de la izquierda del valle. Se trata de la conducción del Canal Bajo de Isabel II, que desde la presa del Villar lleva el agua hasta los depósitos de la alejada Torrelaguna.

A partir de aquí no hay pérdida, sólo hay que seguir sobre la enterrada conducción. Al poco, aparece la robusta almenara de Matamulos, con un trabajado rebosadero de piedra y un gran escala clavada en el suelo que permite comprobar el nivel de las aguas que circulan debajo.

Desde este altozano se contemplan los dorados manchones de los bosquetes que crecen junto a la ribera. Es esta barranquera uno de esos parajes olvidados por todos menos por cabreros y, en tiempo de veda, por cazadores. Abrupta e incómoda, recubre sus ariscas laderas una cerrada espesura de quejigos, carrascas y jarales imposibles. Son estas remotas profundidades lugar querencioso de raposos, jabalíes, corzos y garduñas, que encuentran en esta época el mejor momento del año para llenarse de andorga con los frutos del generoso bosque. Un menú en el que el plato principal son las suculentas bellotas del más importante alcornocal madrileño. Se amolda el camino a las idas y venidas de la ladera, mientras el arroyo cada vez se hunde más en su barranco. De vez en cuando, el canal atraviesa algún que otro lomo; entonces una veredilla trepa a su cumbre, para encontrar de nuevo a tan providencial vía, sin la cual el paso sería imposible.

A medida que se avanza, el camino se hace más estrecho y el terreno más salvaje. Es en este punto cuando comienzan a aparecer los primeros alcornoques. De similar apariencia a la encina, se distingue este quercus sobre todo por su arrugada corteza. Algunos muestran sus troncos pelados, pero son más los que visten sus inconfundibles arrugas. Sus hojas muestran los bordes silueteados con breves espinas, mientras que las rotundas bellotas son algo más voluminosas que las de las encinas, teniendo su sombrerete recubierto de escamas más puntiagudas.

Más adelante, la ladera se despeja y permite contemplar el amplio valle del Jarama. En la última loma, destaca la solitaria atalaya de Arrebatacapas. Un poco antes, justo en la zona donde los árboles adquieren un porte mayor, se abandona el canal para tomar alguno de las caminos que trepan por la ladera hasta llegar a la vieja casa del guarda. Allí justo, al pie de la carretera de Torrelaguna, los mejores alcornoques de la Dehesa Vieja montan guardia.

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